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El poder que alberga nuestro cerebro es a menudo infravalorado, muchos estudios afirman que usamos tan sólo una capacidad ínfima de lo que somos capaces. Aun así, cuando hablamos de recuerdos y más en concreto recuerdos de tu infancia, casi todos sufrimos un fenómeno conocido como la “amnesia infantil” que nos impide recordar más que fragmentos muy dispersos de nuestros primeros años, especialmente de los tres o cuatro primeros años de vida, mientras que hasta los siete años apenas tenemos recuerdos y éstos son borrosos y difíciles de concretar, surgiendo a veces ideas erróneas ya que muchas veces nuestra memoria está basada en fotos antiguas de nosotros o historias que nos han contado.

La razón principal por la que se produce esta amnesia es que los bebés no cuentan con una memoria desarrollada. Se guían por aprendizaje instintivo y memoria a corto plazo que poco a poco se va formando para poco a poco poder almacenar recuerdos a largo plazo que más adelante, cuando el niño se ha desarrollado lo suficiente pasan a ser purgados en su mayoría. En un ejemplo fácil de entender, los niños guardarían información de eventos concretos y únicos más que en cosas rutinarias como el camino de casa al colegio cada día, a no ser que algo fortuíto o diferente ocurra durante el camino. Esto es debido porque nuestro cerebro “sabe” que no necesita información redundante o que se repita.

He aquí uno de los principales problemas a la hora de afrontar los recuerdos de la niñez, y es que aunque a partir de cuatro años se pueden almacenar recuerdos de una manera parecida a cómo lo hacemos los adultos (aunque mucho más frágiles y con tendencia a desaparecer que en un adulto), la constante entrada de nueva información hace que borremos aquellos pasajes que nuestro cerebro no considera importantes, por tanto en un ejemplo similar al anterior, si hemos ido de pequeños al zoo, es posible que recordemos partes de esa visita, pero raramente recordaremos el paseo que dimos con nuestros padres hasta llegar a ese lugar.

Algunos estudios han revelado que la información que guardamos de la infancia es mucho mayor de la que pensamos en un primer momento, sentando las bases de lo que los expertos consideran la memoria enterrada, aquellos sucesos o cosas aprendidas que hemos creído olvidar pero que sin embargo siguen ahí latentes en alguna parte de nuestra mente.

Este hecho es una constante real que se ha podido comprobar gracias a sujetos que durante sus primeros años aprendieron un idioma que más adelante no volvieron a usar, esta lengua nativa se presenta con ecos en el cerebro incluso décadas después de haber sido usada por última vez. Un estudio canadiense en particular hizo la prueba con niñas de edades entre 9 y 17 años, aunque las niñas fueran adoptadas por parejas canadienses, hasta los 2 o 3 años estuvieron viviendo en China esperando a ser adoptadas por lo que pasaron sus primeros años escuchando mandarín en su totalidad.

Aunque su experiencia con este idioma fue mínima y de hecho no pueden recordar de manera consciente nada de chino, según el estudio que se realizó escaneando los cerebros de los niños que habían perdido su idioma natal en el que se comprobaba que varias zonas del mismo eran activadas de la misma manera que otros niños que hablaban chino perfectamente.

Es por ello que cuando hablamos de recuerdos perdidos podemos pensar que están soterrados por debajo de lo consciente; el cerebro de los niños genera imágenes y formas para representar los sonidos que escuchan y de ahí nace la generación del sentido que otorgamos a las palabras. Según este estudio, estos ecos no desaparecen con la edad sino que permanecen ahí de la misma manera albergamos recuerdos que no podemos rememorar completamente y por ello se necesita un proceso gestionado por un psicólogo para poder recuperarlos siempre y cuando sea posible, algo que depende en gran medida del paciente y el caso en particular.

Para entender mejor estos conceptos hay que tener claro que el área encargada de generar recuerdos es el hipocampo, que se encuentra en pleno desarrollo hasta los siete años y continúa algunos más. Se creía que no recordamos bien nuestra infancia debido a este proceso de desarrollo, sin embargo cada vez más expertos están de acuerdo a que se debe más a un problema de cercanía temporal por lo que es más fácil para los adolescentes recordar su infancia que a un adulto, con lo que nos encontramos en un problema que no debemos basar en el desarrollo, sino en la capacidad para mantener mantener los recuerdos.

Formar una narrativa vital

Un ejercicio bueno para niños de todas las edades es ejercitar sus recuerdos, de manera que la purga de éstos se reduzca ya que cuanto más recordamos algo, más posibilidades tenemos de que la memoria los guarde a largo plazo. Además estaremos ayudando a que entiendan el mundo en base a una narrativa (pasado-presente-futuro) y que mejoren la estructuración que tienen de la realidad.

Según los expertos, el papel de cómo aprendemos los idiomas juega un factor fundamental en cómo vemos representado el mundo y cómo formamos una narrativa conforme a nuestra vida de manera posterior en base a los recuerdos que tenemos. Por ejemplo, se sabe que niños bilingües tienen connotaciones de ciertas cosas que les rodean de manera distintas a los monolingües. ¿Por qué? En el ejemplo más extremo podemos fijarnos en el Groenlandés, un idioma que tiene hasta cuarenta afecciones para la nieve, por tanto dependiendo de su estado o forma se requiere una palabra u otra.

Lo mismo sucede con expresiones cotidianas; mientras que el español es un idioma cálido y que tiene muchas formas de hablar sobre el contacto humano, el inglés es mucho más técnico y para referirse a acciones mecánicas tiene mucho más léxico. Por ejemplo en inglés para afirmar que miramos algo o alguien tenemos varios verbos: to look (mirar), to stare (mirar fijamente), to gawk (mirar embobado), aunque las acepciones pueden variar con otros verbos similares como observar, lo cierto es que son conceptos imposibles de traducir tal cual ya que llevan connotaciones implícitas que las otorga la propia cultura, por ejemplo “to peer” (mirar de cerca o entrever) tiene un concepto voyeurístico en inglés que en español desaparece ya que tenemos otras palabras para ello.

Pero tenemos miles de ejemplos con cualquier idioma, por ejemplo la expresión islandesa Gangi þér vel significaría en español literalmente “¡qué vaya bien!”, una acepción reducida en inglés al más común “Good luck” y que no podría traducirse literalmente. Por tanto, según esta idea, si el lenguaje juega una parte fundamental en cómo percibimos el mundo, los recuerdos estarán configurados o estructurados en torno a ellos y el desarrollo cognitivo va por tanto unido a cómo formamos el lenguaje que utilizamos. Es un concepto que va de la mano con la cultura en la que estemos sumergidos, ya sea occidental u oriental, los conceptos de tiempo y relaciones sociales cambian y con ellas la manera en que recordamos.

Piezas de un puzzle

A pesar de que la mayoría no podemos recordar con exactitud eventos de un pasado remoto, la psicología actual permite mediante sesiones recuperar ciertas partes que creemos perdidas.

Es importante recordar que el que no podamos recordar no significa que hayamos olvidado, y es que poseemos una acumulación de eventos que harían imposible que recordásemos con totalidad todo lo vivido. Estas huellas influencian la forma en que somos y nos comportamos día a día ya que las experiencias previas influyen sobremanera en cómo nuestra personalidad se ha forjado. Resulta por tanto una paradoja que nuestros primeros años de vida sean tan importantes a la hora de generar recuerdos y forjar cómo somos para luego ser olvidados en alguna parte de nuestro cerebro como piezas de puzzle esperando a ser encontradas y recompuestas de nuevo.